El otro día me encontré con un amigo que no veía desde hacía meses y lo primero que me dijo fue: “me he comprado un descapotable”. Le dije que era fantástico. Bien, todo lo fantástico que puede ser tener un descapotable en Bilbao. Pero el hombre estaba exultante y no iba a ser yo quien le quitara la ilusión.

Le pregunté cuál era el modelo agraciado y la respuesta fue: “un Audi A4 3.0 TDI”. Mientras me enseñaba orgulloso su interior en cuero, su navegador, sus acabados en madera y otros gadgets totalmente inútiles y carísimos, no dejaba de pensar en el enorme sinsentido que supone comprarse un descapotable diésel.

Vayamos al principio. ¿cuál es el objetivo de comprarse un descapotable? Básicamente la posibilidad de rodar teniendo como techo el cielo y sentir la brisa natural en lugar del embotellado aire del climatizador. Y la exclusividad, para los esnobs.

Entonces, ¿qué sentido tiene escuchar permanentemente un ruido abrupto y cafeteresco acompañado de una humareda negra cada vez que pisas el acelerador? Ninguno. El diésel ya no es más barato que la gasolina, aunque los coches consuman menos. Si mi amigo se lo ha comprado para ahorrarse dinero, ¿por qué se ha comprado un descapotable? Si se hubiera comprado el Audi A4 berlina se hubiera ahorrado mucho más. Es grotesco.

Un cabriolet diésel es como un Rolls-Royce Phanton II con tapicería de tela y tapacubos del Feuvert. Es como ver a Catherine Zeta-Jones comiendo un bocadillo de chorizo, es como ir de vacaciones al Caribe para bañarte en la piscina del hotel… Estás diciendo: soy exclusivo, diferente, libre, pero si indagas un poco verás que sólo es fachada, una careta. En realidad no sé porqué me he comprado un descapotable. Soy un inseguro.

Y como de inseguros está el mundo lleno, pues se venderán un montón justificando así la apuesta de las marcas. Qué pena.

 

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